Fábrica de Gaseosas (Alájar)

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El contenido a continuación son reflexiones personales de los usuarios sobre sus vivencias, sentimientos y recuerdos sobre Fábrica de Gaseosas (Alájar).



Alfonsa regentaba una fábrica de gaseosas y sifones en su casa, frente al Cuartel de la Guardia Civil, tras quedar viuda de Restituto.

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Eran las gaseosas de toda la vida, ésas, las de bola, porque las botellas llevaban una bola de cristal de tal modo que el habitáculo de la botella disponía de una especie de canal que permitía a la bolita ascender y descender, pues al llenarse de la gaseosa y el CO2, éste la impulsaba hacia arriba de tal modo que quedaba ajustada al cuello de la botella, presionando sobre un anillo de goma, de manera que el gas no se escapaba, conservando la fuerza, fuerza que perdía una vez que, por una pequeña presión, se hacía bajar la bola y el gas se escapaba también, por lo que la bola caía por su peso y había que bebérsela pues si no perdía la fuerza. Los sifones se llenaban con agua y CO2.

A mediados del siglo cerró esta fábrica. Las maquinarias pasaron a otro dueño, que las adaptó a otro modelo de botellas. Hora las botellas no tenían bola, sino que se cerraban mediante platillos, o chapas que dicen ahora. Las botellas eran lavadas una a una y a mano, en una pileta y enjuagadas y aclaradas en otra, y ya estaban listas para ser llenadas. El proceso era puramente artesanal, pues además del lavado, había que “fabricar” lo que se conocía como el jarabe, que era la parte principal del producto final. El jarabe se hacía con agua hirviendo a la que se le iban añadiendo loa demás ingredientes, entre los que recuerdo la sacarina, la dulcina las esencias de cada sabor…, horas ante la hornilla, entre cazos, probetas, tubos milimetrados, etc.

Una vez terminada esa fase, se conseguía llenar una garrafa, de arroba, de jarabe, que posteriormente se repartía, una vez más, a mano, con la ayuda de un cacillo que, además era la medida que había que dosificar, una a una, en todas las botellas, que, así, ya estaban listas para ser llenadas.

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Las llenadoras eran unas estructuras alargadas que estaban adosadas a la pared, verticalmente, conectadas convenientemente a la conducción tanto de agua, que, por cierto, se extraía de un pozo mediante una bomba que iba sumergida en él y elevaba el agua hasta un depósito, desde el que pasando por una depuradora, llegaba a las llenadoras, como de CO2, llevaba un pedal en la parte inferior, que, al accionarlo, hacía que el agua y el CO2 salieran por la parte superior, donde había, llamémoslo así, una especie de embudo en el que se embutía la boca de la botella, que se iba llenando poco a poco, hasta que una vez llena, se le daba un golpe seco al pedal y quedaba cerrada por el platillo. Una vez llenas las botellas, se iban colocando en cajas para, así, poder transportarlas a los diferentes destinos. Por cierto, las cajas que, al principio, eran de madera: Había un hombre,( un hermano de mi padre, Manuel “Cañaña”) que trabajaba en una serrería, lo que permitía hacerse con las tablas preparadas para la fabricación de las cajas, montaje que se hacía en la misma serrería o en la propia fábrica de gaseosas en la calle aprovechando el “solito” de las mañanas de verano, como es natural, al igual que todo lo demás, se hacían a mano, una a una, martillo y puntillas en mano. Una vez colocadas las botellas en las cajas, éstas eran transportadas a lomos de mulos a los diferentes pueblos. Posteriormente, con la llegada del coche, la tarea se hizo un poco más llevadera y, lógicamente, un poco más rápido y más cómodo. Los sifones eran unos botes especiales para ello, constaban de un bote de cristal de cuello corto y estrecho que llevaba en su interior un tubito, también de cristal, aunque últimamente ya eran de material plástico, que llegaba desde el fondo hasta la boca donde se unía a la “cabeza“a la que se acoplaba directamente. Esta cabeza se unía a la botella mediante un collarín, en dos mitades que se ajustaban con una llave especial y teniendo la cabeza sujeta en un hueco hecho al efecto sobra la parte de atrás de una puerta del local. La llenadora, como la otra, estaba adosada a la pared y conectada al agua y al CO2, tenía una especie de cesta boca abajo, donde se metía el sifón, también boca abajo, tenía una manecilla que, al . accionarla con la mano abría la manecilla del sifón de tal forma que éste se llenaba por la boquilla de salida que se ajustaba a la salida de la llenadora. El sifón ha sido hasta hace muy poco el fiel acompañante del vino tinto, y del vermut, costumbre que desgraciadamente se ha ido perdiendo, dando paso a la gaseosa. También, en la fábrica se llenaban últimamente gaseosas de a litro en otra llenadora diferente, pero el proceso de lavado, jarabe, llenado y taponado siguió siendo manual, y, además, había que ponerles un precinto de garantía, también a mano. Además de las gaseosas y los sifones, también se llenaban unos refrescos que, recuerdo, te dejaban las manos muy, muy pegajosas, con el mismo sistema, llamados “Vanguard”, que, en ocasiones, y “escondidos” entre la chapa del tapón y el ajuste, que rea de corcho, ofrecía premios en metálico que, incluso, llegaron a una cuantía de ¡50 pesetas! Estos tapones, al igual que los de las otras gaseosas, aprovechando que el ajuste de corcho se separaba con facilidad de la chapa, eran utilizados por los chiquillos para colocárselos apropiadamente , la chapa por fuera de la camisa o camiseta, y el corcho por dentro de ésta, como escudos o insignias, lo que, sin pretenderlo ni tan siquiera imaginarlo, fue el principio de lo que llegaríamos a conocer como los actuales “PINS”. Curioso, ¿verdad? Estas gaseosas y sifones llevaban como marca algo así como “Espumosos Domínguez” y, posteriormente, “Espumosos Navarro” y “Reina de los Ängeles”. La ´fabrica de gaseosas, en primer lugar, estaba, como ya se ha dicho, frente al Cuartel de la Guardia Civil, y la segunda estaba situada en lo que actualmente es el restaurante “La Botica de Alájar”. El dueño de esta última era, desde 1955, José Navarro. Su distribución se llevaba a efecto por los pueblos de la comarca (Almonaster, Aracena, Cortelazor, Fuenteheridos, Jabugo, Mina Concepción, Valdelamusa,…). La fábrica se cerró definitivamente a finales de los años sesenta.

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Referencia

Alájar, noviembre de 2009 José Manuel Navarro Sánchez

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