Costumbres: Fuenteheridos

De Huelvapedia
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VOCES DEL CAMINO

Emiliano y Francisco están a lo suyo en el campo. Los saludo desde lejos. Me dicen que entre en el cercado y que cierre la cancela para que no se salga un asno, al que le dicen el perro

-…y un potro, que ya se está acostumbrando a que lo monte el zagal; más bueno no puede ser. Es terco porque se viene a la paja del burro y de poco sirve la traba. Luego quita el alambre, yo estoy en que el potro está encerrado y ya ve.

Marcelino trae en la mano una rama y una hoja con una especie de hongo blanquecino pegado.

-Es un simbúscalo -dice.

Le pregunto por qué se llama así.

-Porque se encuentra sin buscarlo. Lo traigo para que lo vea y sepa que sirve para quitar los dolores de muelas; basta con guardarlo en el bolsillo.

-Parece un bicho, o una oruga…

-Sea lo que sea se agarra a la planta, a las piedras, a un palo… Lo mismo que el capullo de las mariposas o las teresitas.

No conocía a ninguno de los dos y el encuentro casual ha roto bien. Hable el que hable, el otro apostilla, asiente. Nunca va en contra su palabra. Al rato de estar con ellos llamo Emiliano a Francisco y Francisco a Emiliano. Son como un ser único salido del bosque de castaños que se ha dividido para contarme cosas. De todas formas, el dato es el dato:

-Ustedes son hermanos, ¿no? -me interno un poco más.

-Los dos, uno de otro -me estrechan la mano.

Son enjutos, secos, diría, pero fuertes y vitales como para pensarlos en los cincuenta. Error de apreciación. Francisco, el más alto, tiene setenta y siete, y Emiliano un puñado menos:

-Yo tenía los sesenta y nueve y he cumplido hace nada; ahora voy contando hasta que cumpla otros veinte. Así es mejor, menos molestia. Desde que éramos niños trabajamos en el campo con la siembra, las cabras, las bestias... Le enseñaría una corneta que tengo con la que hago el mugido de la vaca y la gente sale de estampida, pero no la toco porque ya sabe que a unos alegra y a otros molesta; no quiero líos.

-¿Para qué la corneta en el campo?

-Cuando estamos con las borregas y se acerca un perro lo asusto con eso -dice Francisco-. Pego un pitío como en las empresas cuando se da de mano.

-Ahí bajo ese castaño me puse un día que pasaba un grupo de zagalones, la toqué y el personal no encontró sitio para correr, pero enseguida empezaron a tirarme piedras, en fin…, se dieron cuenta. Ni toro ni vaca. Era una corneta.

-Pero antes se tropezaban huyendo el que iba monte arriba y el que bajaba.

Francisco quiere saber de mí:

-¿Y qué? A echar un paseíllo…

-Hombre, la verdad es que he venido a tiro hecho. Caminando por una calle del pueblo me he dado un torción en esta pierna y, mire, parece que se me ha hinchado. Moya me habló de ustedes y ya que me cogía de camino, dije, a ver qué resulta; y aquí estoy.

-Estamos en familia, porque somos parientes de Moya. Mire, la otra noche me saludó una muchacha en el pueblo y no la conocí al pronto. Luego me dijo que era de Linares, un pueblo que ahí para Aracena.

-¿Linares de la Sierra?

-El mismo, oiga. Así que me sale la muchacha diciéndome:

«Emiliano, vamos a bailar un ratito» -se dirige a Francisco-: ¿No te acuerdas cuando le buscaste unas hierbas…?

-Si, porque traía la pierna hinchada, así como la suya.

-…eso. Pues esa muchacha se dio un golpe y se le hizo un negral, y mi hermano arrancó un golpe de verbena lila como la que está ahí mismito -va por ella, la trae-. Se hierve, se empapa un paño, se pone en la hinchazón y baja. ¡Ay que si baja!.

-No tarda ni media hora en quitarse.

-De hierbas, lo que quiera. Tiene la paletosa para el estómago y la jarilla para las heridas, el hinchazo y los negrales. Se lava bien, se planta encima y se queda como nuevo. El agua que sale de hervirla se mete en un bote y sirve para todo el año. Eso me lo enseñó un cabrero de Linares, que sabía mucho de estas cosas. El pobre ya está muerto.

-Los cabreros saben tanto porque están el santo día solos en el campo y tienen que curar lo que sea.

-¡Ya ve!. Hace poco curé una oveja con la hierba jarilla. Se dio el caso de una cabra que se enganchó con unos alambres al saltar una cerca y tenía las tetas que se le salía la leche. Le dije al cabrero, arranca jarilla, hiérvela, échale una poca de sal y le das con un paño empapado en las heridas. Lo hizo el muchacho, que era uno de Valdelarco, y a los dos o tres días dejó la cabra de sangrar y se cerró el agujero. El hinchazo se le fue enseguida y lo otro. Se curó radical. Coincidió que habíamos ido a buscar gurumelos y él nos dijo por dónde se criaban mejor, total, que en esto se metió la cabra por mal sitio y se hirió con los pinchos.

Me da el ramo de verbena lila: -Esto se lo lleva, hierve la mata entera, se pone un trapo en la rodilla y verá.

-¡Qué mundo el de las hierbas…! -dejo caer.

-La lengua del buey tiene la flor morada -la busca Emiliano, la trae-; se toma con miel. Es lo que no sabe hoy la gente, que sólo quiere ir a la botica, y la botica está en el campo.

-¿Para qué sirve la lengua del buey?.

-Para el cáncer -dice, tajante.

-¿Para el cáncer? -pregunta mi asombro.

-Como lo oye. Si lo supieran los médicos no moría nadie del cáncer. Aquí vino una mujer, la tía de uno que estaba en la fábrica, se la puso y mejoró bastante.

-Sabiendo tanto de plantas, ustedes apenas irán al médico.

-Poco -dice Emiliano-, pero hay que ir; me entraron las cataratas y eso de las operaciones ya no lo entiendo; pero si es un porrazo me doy la verbena lila y santa cosa. ¡Ah!, sirve también para cuando vienen esos bichos que son como abejorros…

-…al de la Camila le picó uno en el brazo y pasó unas noches de perro; ni el médico pudo; no había nada que hacer sino aguantar hasta que con el tiempo se quitara...

…y le dice la tía Marcelina: «eso tienes que ir al médico del campo». Así que vino, le herví la verbena y lo curé. Después le dije a la madre que le diera un par de baños más y ahí quedó el mal.

Les pregunto sobre lo de llevar una castaña en el bolsillo para evitar las almorranas.

-Eso… puede que sea la castaña bravía, la que no está injertá, que es muy dulce y que igual quita también la erisipela, pero lo de las almorranas no sé…

-El injerto mejora el árbol y el fruto. Lo endulza. Hay castaños que llamamos comisarios, otros, bravos, y otros se conocen como anchos, lechal, dieguina; éste da una castaña con mucho vellillo en la cáscara.

-¿Cuál es la más rica?

-La comisaria. Es la que se pela. Los castaños se ven como nuevos desde que estamos nosotros cuidando este campo, porque pasa el agua cerca, le damos una roza, lo preparamos…

…ya le digo, la verbena lila es maravillosa. Y también la hay con flores amarillas -se va para buscarla y grita-: ¡aquí está!.

La tierra de la que arranca la planta es de miga, tierna, oscura, húmeda. Se me ocurre:

-Buena para un papal.

-Es un papal -me confirma Francisco-; lo que pasa es que hay que dejarla descansar un año; la papa que da es recia, de buen sabor.

-Más hierbas -sugiero.

-A su lado tiene la correhuela, que sirve para la diarrea; la flor es blanca, como una campanita hacia arriba. Lo mismo la corta la jara que no es cervuna. Los pompos de la jara no cervuna, sino la melosa, son para la diarrea. Se ponen en la mano, que son como bolitas, se toman con una poca de leche y ya está. Tienen que ser nones. Una jara tiene la hoja ancha y la otra larga.

-…la vinagrera, la hierba loca… y los granos malos se abren con la hierba sanalotó. Siempre igual, la planta se hierve, se empapa un trapo y se planta encima, lo mismo que tiene usted que hacer con su rodilla en cuantito pueda.

-Lo haré dentro de un rato.

-Para las quemaduras es buenísima la yema del huevo… y la tinta.

-La carquesa es para cuando las mujeres no tienen leche suficiente; la aumentan.

-Asperón le decimos a cuando sale el azúcar en la sangre; se cura con una hierba morada que tiene un jopito, pero no recuerdo el nombre…

-…una planta que se usa para las heridas es la retama; se parece a la acendaja. Se cuece y se emplasta.

-…y la pita para las mataúras de los animales.

-…cuando el alacrán pica en un dedo vale como nada la cebolla almorrana. Se le hace una desconchadura, se mete en un brasero y ya caliente se mete en ella la picadura y se calma el dolor.

-Se les ve sanos. Pocos males habrán tenido.

-Hombre, un dolor de cabeza puede tenerlo cualquiera; antiguamente hasta eso se curaba con hierbas. Hay que conocerlas. Ahí tiene el árnica, que sirve para los porrazos.

-…aqui verá pocas hierbas; donde las hay es para aquella sierra alta donde se ve la aldea… se puede encontrar la colleja, que es muy fina y se come. Se fríe con huevos o se hace en tortilla. Con un manojo se tiene una fritá.

Emiliano rompe la conversación a tajo:

-Voy por el látigo -dice-. Verá cómo suena un buen trallazo en medio del campo.

Viene, se aparta para no hacerse sitio, revolotea el látigo sobre su cuerpo, le corta el aire en un quiebro y suena en el valle: ¡Traaa¡.

-Con esto corren los perros que no se les ve. Hasta los guardias. Una noche vino uno corriendo hacia mí: «…he sentido un traquío y no sé qué es». Le enseñé el látigo con el nudo chico en la punta: «¿No será esto?». El hombre respiró tranquilo: «¡El susto que me llevé!».

-Donde suenan largos los traquíos es en el pantano. No estorba el monte y parece que se caen los árboles. Esto es bueno contra los furtivos. Escuchan el traquío, tiran las escopetas y a correr se ha dicho. Lo creen pólvora. Más de uno amaneció arriba de un árbol del miedo.

…el nudo chico que lleva en la punta se llama rabiza; éste suena poco, pero ya sonará conforme se seque.

-¡Bueno…! -digo como quien pretende irse.

-Nada -cierra Francisco; hasta que usted quiera venir otra vez por aquí.

-La verbena lila se la pone en la rodilla y ya verá.

Al alejarme siento restallar el látigo como si Emiliano liberara con el traquío una fuerza contenida, una huebra1 de sabiduría. Un alivio.

-Adiós -les digo desde una loma-, y se me vienen al pronto los versos con los que cierra un soneto Félix Grande:

Adiós es una rama seca y verde que da su flor donde su flor se pierde: como florece el grito en el barranco.

Autor: Manuel Garrido Palacios

VOCES DE LA PLAZA

nunca he visto otra plaza tan risueña ni todo un mundo encerrado en cuatro palmos de tierra.

(José Manuel de Lara) Me siento en la plaza-mar de Fuenteheridos a escuchar. Mar, porque todas las calles llevan su corriente a ella, cuyo rumor de agua es constante: doce chorros que no cesan de manar. Bajo los gigantescos castaños de Indias que dan sereno cobijo, dejo que las voces broten desde todos los ángulos, se mezclen, tomen rango. Poco hablador, de buen oído, después de tantas recetas curativas en las casas, sigo esa senda anotando en el cuaderno a salto de mata, sin preguntar nada, sin entrar en lo que se dice si no es para enderezar el paso que pretendía tomar rumbo incierto.

-La manzana era una fruta roja de agosto y el pero más de septiembre. En ayunas hacen buen estómago. Son la misma cosa, una tempranera y otro más tardío. En el Seminario de Huelva hay un perero que le llaman Miguelito, porque uno de aquí que se llama Miguel, que estuvo allí de ordenanza, se llevó un plantón y lo puso.

-El tronco del castaño cría alrededor unas barbas, como un mujo, que se las lleva la gente para adornar los belenes. Este campo sería todo de roble en su tiempo. Basta que se deje un terreno sin labrar para que venga el roble a ocuparlo. Y la cornicabra. Nada más salir del pueblo se encuentran tres variedades de roble, entre ellas, el quejigo. Al roble se le castigó mucho para recoger más castañas, siendo el roble propio de aquí y el castaño no. Antes del castaño igual lo eran el pino que el roble.

-Sobre el origen de estos castaños... para mí que vienen de muy lejos, del Irán por ahí, o más allá. Mi abuelo me contaba cuando tenía ochenta años y yo doce, que él y sus hermanos iban a sembrar castaños. La madre cocía un cántaro de castañas avellanás para la comida. Ahora soy yo el que va para los ochenta. Hasta que un día los hermanos dijeron que no sembraban más castaños y se fueron a América. La castaña avellaná es la que se mete en un zarzo para darle calor y luego se le quita la cáscara. Es la castaña pilonga.

Ya que se le consume el agua se queda dura.

Está muy rica con un poquito de canela y matalahuga.

Aquí se hacían potajes riquísimos. En una época era la comida de cada día.

-Si un castaño nace en una linde cada dueño apaña las ramas que caen en su parte. La castaña de Indias se lleva en el bolsillo para las almorranas.

Y la bravía. Contra más picos tenga, mejor.

Eso se hace en El Castañuelo, en Aracena y aquí.

-La castaña bravía es la del árbol que sale solitario en las lindes, que parece no tener amo. Es mejor que la de Indias. Un muchacho que se llama Manuel tenía almorranas y no mejoraba con nada. Un lotero le dio una bravía, se la metió en el bolsillo y a las veinticuatro horas le vino la calma hasta la fecha.

-También vale tomar de desayuno una infusión de bolitas de jara.

-Si con las almorranas salen manchas en la cara, se va a una fuente que hay en Cortegana, se cogen los limos, la nata del agua, se hierven, se dejan al relente y luego se ponen en el sitio. El alivio es sobre la marcha.

-En La Granada usaban para eso la paletosa.

-Cuando nos reuníamos la familia en el invierno alrededor de la candela, había quien echaba esas castañas que tienen forma de perita chica, para que se fueran secando, y si a alguna no se le cortaba el pico, explotaba y daba unos sustos hasta de correr...

-A los niños con tos ferina se les llevaba a que vieran correr el agua de un arroyo. Aquí se recuerda de cuando iban con el enfermo a la lieva del antiguo lavadero.

-En Calañas usan para que funcione bien el riñón una hierba que le dicen cascais. Es de color ceniza. Mi padre la secaba y le servía para yesca del mechero. En Calañas siempre hubo gente que curaba... Paco, para cosas de músculos, o Enriqueta, que se valía de una caña, o Victoria. En muchos pueblos se recuerdan nombres de curanderos, El Cerro, La Zarza, Santa Bárbara. Muy nombrados son Juan el Paymoguero, el Niño Sabio, en El Granado, y Antonio, en San Silvestre.

Por aquí era muy concocida Rosa la de la Corte, que abría granos como latas.

-Yo soy de San Bartolomé, y cuando siento hablar del riñón me acuerdo que allí decimos el mal del cuadrí, porque antes la gente padecía mucho de esa parte por traer el agua en cántaros apoyados en la cadera: Se echó el tiesto al cuadrí.

-La orina y la saliva limpian las heridas y cortan la sangre si se está en ayunas.

-La orina de niño frotada en las grietas que produce el exzemas ayuda a su curación. En Huelva lo he visto yo en un patio de la Plaza de la Merced. Para las grietas hay muchos remedios...

lavárselas con aceite virgen de oliva y azúcar, o con salvado.

-Esto de las curaciones tiene su misterio, aunque no se tenga creencia. Yo sé el caso de una muchacha que se llama Amparo, en Huelva, que dicen que tiene poderes heredados de la madre.

Una vez fue una mujer a decirle que su hijo tenía los ojos amarillos. Ella dijo que era tiricia y lo puso a orinar en una fregona nueva. Luego pidió a la madre que metiera entre las tiras migajones de pan para que chuparan aquello y que saliera a la calle, buscara un perro para que se comiera el pan, con lo que el niño sanaría. Se curó. Parece ser que es por mediación de Santa Gema, de manera que cuando ella está curando, se mueve el cuadro de la santa que tiene en la sala. Un misterio.

-Unos rezos son secretos y otros no. Mi abuela, que era de Castillejos, decía éste cuando barruntaba tormenta: San Bartolomé se levantó, su píe derecho calzó, con la Virgen se encontró.

-San Bartolomé, ¿dónde vas?.

-En busca de vos, Virgen, voy.

-San Bartolomé, vuélvete para atrás, que no caerá piedra sobre tu tejado, ni llorará el niño desamparado.

-Con las plantas se ha curado la gente desde siempre, y se sigue curando. Un hombre de Villalba, Pedro Espina, que por lo malo que se encontraba siempre decía: Tengo gusto a jaramago, cantaba: Una serrana en la Sierra padecía de mal de amores, como allí no había doctores, ella sola se curaba con la esencia de las flores.

-En Calabazares se han curado verrugas con el cardo de San Juan, y con un frote de tomate crudo, y con leche de higuera.

-La hierba sanalotó las achica o las quita. La simiente de hierba verruguera las seca.

-Hay quien va a Villalba del Alcor a quitarse las verrugas. Fermina fue con 80 años. La curandera le cortó la verruga y le puso un parche de plata. Después le dijo que mojara el parche cada día con agua de malva y que cuando se le cayera, se secaría el muñoncillo. Así fue. Luego acudió al médico porque le entró miedo. Mariano contaba que el herrero de Villalba las curaba con una cataplasma que, al caerse, dejaba el agujero limpio.

La hija del herrero heredó el don y lo mismo curaba con parches empapados en malva cocida para que la piel bebiera.

-Dicen que verrugas en la mano derecha anuncia riquezas. En Alosno dicen que salen por señalar las estrellas. Hay que decir en la noche de San Juan: Verrugas tengo, estrellitas vengo a contar que me las quite ya.

-Poco bien que se cortan amarrándoles una cerda de caballo. Caen solas.

-Para las verrugas no sé, pero por los cortijos de la Chaparrera se usaba la argamula para las heridas.

Así que éramos un grupo, luego un corro, ahora legión. Van y vienen. La plaza de Fuenteheridos se ha convertido -o ha vuelto a ser- en un foco de sabiduría popular. Estimulados unos por otros, todos intercambian fórmulas, recetas, elixires.

Se puede apreciar que el manejo de plantas está más en manos de mujeres que de hombres.

Es un gran tesoro oral que me sorprende, no sólo por lo amplio, sino por el desparpajo con que lo sacan de sus memorias, sus aplicaciones, las formas de hacer emplastos.

-Si nos ponemos a decir, hubo aquí en la Sierra uno que se tapaba las heridas con tierra del cementerio (1).

Lo mismo en Calabazares que en Fuenteheridos o Almonaster, de toda la vida se han curado heridas con la hierba sanalotó.

-¿Y los huesos dislocados?. En La Granada de Riotinto buscaban un mellizo para que le refregara la mano por el sitio.

-Huesos y tendones. En Encinasola se curaba el mal de tendones de la misma manera que en Álora, de Málaga; para eso son pueblos hermanos con la Virgen de Flores por Patrona. En los dos se aliviaban torceduras, esguinces y huesos mal avenidos. Todo se hacía por la Gracia de Dios.

Era que se cocía agua en un puchero, se volcaba el cacharro en un plato y se ponían unas tijeras abiertas encima, rezando unas oraciones secretas.

Si el puchero chupaba el agua, el enfermo curaba, pero si la dejaba en el plato, hasta otra.

-Para los huesos torcidos había una mujer que los arreglaba con un ovillo de hilo y una aguja, como si cosiera. Decía: Coso que coso miembro tortoso cuerda torcía cuerda que te torciste vuélvete a meter al sitio donde estuviste.

No sé qué coso sí cuerdas torcidas o miembro miembroso.

-Yo que voy mucho a Villanueva de los Castillejos, sé que la señora Mariana lo hace allí. Lo llama membro torto, que más o menos es un esguinces, un hueso gualtrapeao, torcedura de tendones o tortícolis. Reuma no. De verla me sé el rezo: Coso.

¿Qué coso?.

Carne quebrada, membro torto; membro torto a su lugar, carne entorná.

Coso más bien que la Virgen María.

La Virgen María cose la carne; yo coso por el boso, y la Virgen María cose mejor que yo coso.

Coso uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve.

-Para los calambres he visto hacer tres cruces sobre la parte dolorida con el dedo mojado en saliva.

-Lo más malo que yo he visto ha sido el culebro.

Si la bicha junta el rabo con la boca muere el que lo tiene dentro. En Almonaster hay una mujer que lo cura.

-Hay sitios donde se les pega con un junco parío.

Se desnuda al enfermo y con lo que estaba clavado en la tierra, que es blanco, se le da en semejante parte buscando la cabeza del culebrón.

-En Fuenteheridos se usaba una amasijo de pólvora negra con vinagre. Olía fatal. Se echaba a lo largo del bicho para quemarlo.

-Y tinta de escribir. Una mujer hay en Almonaster que lo cura así y va mucha gente a verla.

-En Villalba sé yo por mi hermana que se curaba con una flor que le dicen cordial. Y en la Puebla lo mismo.

-En Cortegana se escribía al revés un Avemaría (2) para curarlo.

-En Paterna del Campo es muy renombrada la curandera Juana. Esta mujer señala el recorrido del bicho con puntitos de tinta china, luego le echa talco y en dos días se seca.

-Me han dicho que Maruja, de Jerez de la Frontera, pregunta el nombre al enfermo, lo sienta, hace en el aire unos signos con unas tijeras y dice unos rezos en los que nombra al paciente. En tres o cuatro veces así se va el mal. Un primo mío fue y al terminar el primer día ya le preguntó si sentía alivio. Mi primo dijo que no sabia si era por sugestión o por sus manos, la cosa es que entró con fuertes dolores y salió sin ninguno.

-Contra el dolor de muelas se lleva una cuerda con siete nudos. Si es de guitarra, mejor.

-A los dientes de leche infantiles que asoman de mala traza se les dice aquí que están enratonaos.

Para arreglarlos se tira el primero que cae al tejado y se dice: Dientecito, dientecito te tiro al tejadito para que me salgas nuevecito.

-Los granos se han curado en otros sitios con enjundia de gallina.

-En toda la Sierra se aplica un gajo de haba partido por la mitad para que saque la raíz; y un tomate.

-Para los granos vale un cocimiento de jara cervuna, la paletosa y la sanalotó los revienta.

-Si los granos se resisten se lavan con agua de avena cocida; o se les pone una cataplasma hecha con sal, un huevo, aceite y azúcar.

Se suman otras voces al corro. Se arrastran sillas.

Flotan los ecos como si, de repente, se volviera a algo tan simple, y a la vez tan mágico, como hablar, comunicar lo que se sabe, traer a cuento lo que un día dijeron los mayores, orear la porción de pasado de cada cual. Inútil intentar poner nombre a las voces. Propias o añadidas, todas son de la Sierra, esa franja al norte de Huelva, hermana de la costa, el llano, el Condado, el Andévalo o la marisma. No hay en este foro improvisado en la plaza de Fuenteheridos ni grandes altavoces que importunen la charla, ni más ambición que ver pasar el tiempo mientras las memorias liberan sabiduría como un torrente de respuestas.

-Aparte de recomendar cebada fría y seca contra la fiebre producida por la erisipela, en Alosno se mete una cebolla almorrana (3) de marzo entre los colchones de la cama del paciente; a medida que ésta se seca la erisipela se va.

-A la cebolla almorrana sólo le rivaliza una cabeza de víbora macho, porque protege del mal. Se caza una, se decapita, se mete la cabeza en un escapulario o una bolsita y se cuelga del cuello del enfermo.

-Hay quien mete una lagartija viva en un alfiletero y conforme se muere se cura el mal.

-En la aldea de Castañuelo se ha considerado buena desde siempre la castaña bravía para curar la erisipela. Llevada en el bolsillo la evita.

-Se cura pintando la piel con sangre de gallina negra, quedando la persona inmune a partir de ahí, caso de que la enfermedad la hubiera cogido por primera vez. También en las aldeas de Aracena.

-En algunos pueblos se usa el moco del caracol, o secreción de las babosas, o cataplasmas de hojas de valeriana machacadas con vinagre puro, o un emplaste de verbena; o se espolvorea la parte afectada con harina de habas.

-Las flores de saúco se echan a la lumbre, se ponen en un paño y sirven para aliviar las inflamaciones; huelen a bueno. La erisipela también cae con esto. En El Cerro y en Alosno se bebía el saúco para curarla.

-Los que se escuecen es porque los cogió la Luna; les salen puntitos en la piel y les sube la fiebre.

Hay que tener cuidado, porque si la luna da en la ropa de los niños, se les pone el cuerpo en carne viva. Hay que volverla a lavar y solearla.

Es bueno darles con la telilla que traen por dentro los huevos de gallina.

-¿Sabes lo que es bueno para abrirles el apetito?.

El regaliz, el citrato.

-Yo he escuchado a uno que para eso le daban a los niños carne de mochuelo. Pero no caigo ahora en qué pueblo.

-Tanto en Bonares como en Villanueva de los Castillejos, se dice para quitar el hipo: Hipo tengo, a mi amor se lo encomiendo (4), si me quiere bien, que se quede con él y sí me quiere mal, que lo eche p'atrás.

-Una muchacha de El Cerro tenía el niño empachado, o empochado, le puso unos días cataplasmas de apio, hierbabuena y cebolla majada en crudo con un poco de vinagre y como nuevo.

-Contra males de estómago se hervía cal y se daba al enfermo un poco de la nata que quedaba a flote. Las aguas del hierro también se usaron; aunque feas y amargas, daban alivio.

-Cualquier fiebre se trataba de la misma forma.

Por ejemplo, yendo de espaldas, sin volverse, a tirar un puñado de sal en contra de una corriente de agua. Luego había que regresar al pueblo sin mirar el agua.

-Para quitar las tercianas se pasaba a la gente por la mimbre en Linares de la Sierra, igual que con la hernia de los niños. Las tercianas salían del cuerpo también con la hierba hiel de la tierra.

Una hierba muy bonita, florece en la primavera.

Tiene las flores rosa. En infusión.

-En Linares de La Sierra, a las 12 de la noche de San Juan pasaban a través de un aro con mimbres los que padecían tercianas. También, junto a un pozo (por el que no deberían pasar más), en el que echaban un puñado de sal.

Yo sé que en la Puebla, para las fiebres de la luna, la gente usaba la Cruz de Caravaca, un amuleto. Y en el Alosno las tercianas se curan yendo unas personas encargadas por el enfermo a una encrucijada de caminos, antes de salir el sol; allí cortan una vara de jara y la llevan detrás.

Sin quitarla del sitio hacen tres cruces y dicen: Dios te salve, cruz del camino.

Aquí vengo a dejarte las calenturas de...

Aquel sí, aquí no pues allí la dejo yo.

-El paludismo, las tercianas, las cuartanas, todo esto venía a ser lo mismo, o se creía así. Se usaban compresas en la frente empapadas en agua helada y vinagre, y de aguardiente. En Encinasola iba al campo al alba un pariente, cortaba una vara de adelfa, tiraba un puñado de sal y decía: Tercianas son cuartanas son aquí te las dejo quédate con Dios.

El que cogiera la vara pillaba las fiebres.

-En Nerva he visto yo, contra el dolor de garganta, meterse el pulgar en la boca, con el hueso hacia dentro, y apretarlo con los dientes. No sé yo si eso... lo que yo hago es lavármelas con aceite virgen.

-Se usan todavía las barbas hervidas de la mazorca de maíz para mear claro y mucho.

-Cuando había sarampión se enrrollaba a los niños en trapos colorados y se ponía a las bombillas papeles de color. Nunca he sabido por qué, pero en mi casa lo hicieron. Era yo así.

-Eso era para que le brotara enseguida, porque lo rojo atrae al sarampión. Eso dicen.

-La sarna se ha tratado con azufre.

-Aquí se ha usado la sal como curadora de los sabañones. Pero aquello tenía su gracia. El que los tenía, llamaba a la casa del vecino y cuando el dueño abría la puerta le echaban un puñado de sal encima y salían de estampida. Decía el tal: «¡Sabañones te traigo!». Esto era por la parte de Fuenteheridos. En Jabugo, Almonaster, Cortegana o El Repilado se los restregaban con un ajo limpio.

-En Las Chinas, aldea serrana, se cocía un pimpollo de jara y el aceite que soltaba los curaba.

-Para evitar las ampollas de las quemaduras se ha usado el aceite solo o con polvos de arroz, bicarbonato y algo de manteca para hacer el emplasto.

Ya dice el refrán que Aceite de oliva todo mal quita; y otro: Quien tiene salvia en su huerta, buen remedio tiene cerca.

-Para prevenir los catarros se bebían los jugos de las lechugas y un cocimiento de higos con un chorreón de aguardiente. Aquí en Fuenteheridos he tomado yo la flor de la jara hervida con miel.

-El orégano, el poleo, la hierbaluisa, la tila, juntas en una tacita de flores rebujadas eran cosa santa. Los higos pasados secos se cocían con vino y se tomaba el caldo. Las hojas de eucalipto se ponía a cocer y cuando hervía tapaban al enfermo con una manta para que respirara el vaho.

Una planta que lo mismo cura la melancolía que un catarro es la mandrágora (5). Dicen muchas cosas de ella. Hasta que es afrodisiaca.

-Una sopa de ajo recompone el cuerpo después de una enfermedad. Es bueno para el resfriado, la gripe, la resaca, las indigestiones y para todo.

-En Fuenteheridos la pulmonía la curaban antiguamente con unos cáusticos. Se trataba de una cataplasma en el pecho y en el costado. También se le ponían pieles de oveja y de cabra.

-Para quitar el ruido del oído se hace un cucurucho de papel de estraza, se mete en la oreja el pico y se enciende por la parte ancha, o sea, por el otro extremo. Se deja que arda en tanto se aguante. Así se calman las molestias. En El Granado lo hacia una tal Genara. Ella le untaba aceite en los bordes de la parte ancha. Decía esta mujer que el ruido era el mismo que la persona tenía dentro. Ponía a la persona de costado y así terminaba la operación. Los ruidos eran buenos o malos según el oído, derecho o izquierdo.

-Aquí cuando a uno le quedaba la cara torcida por congestión decían que le había dado un mal aire. Se ponían rodajas de papas en la cabeza, pero tenía mal arreglo.

-Cuando una persona tiene una insolación (6) se le quita con un vaso de agua tapado con un papel y volcado sobre la cabeza. Si se ven burbujas, es el sol que sale.

-Contra dolores de cabeza se empapa un trapo en vinagre, o agua helada, o café, y se pone; o rodajas de patata, pepino o calabaza. Mi abuela Carmen se ponía en las sienes monedas de cobre.

Se acaba el día. Se secan las gargantas. Se bebe.

Se para. Se pregunta por fulano que se fue, por sutano que no vino. Se busca al niño perdido...

Bien dicen en Alosno que «silencios largos y templaeros de guitarra dieron al traste con muchas reuniones».

Autor: Manuel Garrido Palacios

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